Ayer hablábamos en clase de apego rechazo, esa dualidad que tan sabiamente nos enseña la tradición a salir de ella y que cerebralmente corresponde a un nivel muy bajo del sistema nervioso. 

Y me vino un recuerdo que hoy te comparto. Hace cuatro años una señora me llamó por teléfono, muy enfadada, y casi llamándome traidor porque en una época de mi vida según ella, había sido acupuntor y en los últimos tiempos, neurocientífico. 

Le sorprendía mucho haberse enterado que en ocasiones, aún explico y enseño a quien me lo pide, cómo funciona una planta, o cómo una tradición antigua describía fenómenos mentales de forma bastante sagaz o cómo conceptualizaban las emociones en lo corpóreo. Por razones que escapan a mi interés, mis «profesiones» elicitaban en su cerebro una extraña activación emocional, perniciosa todo hay que decirlo.
Vamos a aprender del hecho por absurda que pueda parecer la actitud.
Lo primero es que resulta absurdo preocuparse por la vida de otro a quien no conocemos. Es evidente. Pobre quien se moleste por la profesión de otro. De hecho no nos puede indignar lo que moralmente no daña y es evidente que si alguien es abogado y mañana panadero, no hace mal a nadie. 

Moraleja 1: ¿gastamos mucho tiempo en nuestra mente con la vida de los demás?


Lo segundo es la identidad. Para algunas personas lo que uno es, tristemente, se vincula a la profesión que ejerce visiblemente en la sociedad. Desde ese lugar tan estrecho, te ocurre como a esos actores que se hicieron famosos por un personaje… y no han podido salir del mismo nunca. Es como si vieras a Mr. Spock de Star Trek en una película de humor… El personaje se comió a la persona. Al querer fijarme en una posición, no soportaba el cambio, lo cual habla por sí mismo.

La Biblia nos comenta algo en relación a esto: «¿No es ese el hijo del carpintero?». Una posible interpretación está precisamente vinculada a la identidad. Si eres hijo del carpintero no puedes ser un despierto, no puedes no estar haciendo el oficio de tu padre, no puedes haber cambiado. La frase es brutal, porque entre líneas expresa la ceguera de quien pregunta. Solo el Buda puede reconocer al Buda… pero no todo el mundo lo entiende. 

Lección 2: ¿cuánto cuesta mantener un personaje «fijo» en un mundo cambiante que debe reaccionar en base a su patrón?


Lo tercero es la inteligencia. La señora se equivocó porque yo no fui nunca acupuntor, aunque la estudié en 4 escuelas, sino profesor de medicina biológica en un laboratorio durante muchos años, que no es lo mismo. 

Pero también fui camarero un par de fines de semana a los 16 😉, y árbitro de baloncesto los sábados 7 largos años, y también tuve una academia en mi casa mientras estudiaba ingeniería donde ayudaba a los que estaban en COU. En una época, me pagaban bastante bien por llevar la seguridad de un conflictivo bar de copas, que formaba las pocas nocturnidades de mi juventud. Si supiera que enseño a árbitros de élite desde 2007 a regular sus emociones igual hasta le da una migraña. Todo esto es aburrido e irrelevante y me importa un comino pero ilustra no solo que uno es lo que quiere… sino en ocasiones lo que debe y sobre todo, lo que puede. 

Y es que hay una facultad humana que se llama inteligencia, que muestra una variación notable entre los individuos y que una de sus características principales es la adaptabilidad y capacidad para solucionar problemas. A mí que me inspiran cada mañana los renacentistas, más que traición… me parece una bendición poder adaptarse y aprender de todo en todo momento. Pero bueno, ya ves que Da Vinci para algunos, podría ser un vendido más que un genio.

Aprendizaje 3: ya quisiéramos ser Leonardos… 

Lo cuarto es vital: el apego. El error de la señora, y es muy común, es atribuir al sujeto la identidad del predicado. Nuestro lenguaje se forma con la sintaxis clásica de «Yo + verbo + objeto».Es muy pobre creer que tu centro, ese que está más allá del Yo, es representado por el objeto, sea árbitro de baloncesto, médico, abogado o boticario. Cuando uno dice «Yo soy ingeniero» y se lo cree y se identifica como tal, por mucho que lo mantenga toda su vida, se aleja, no se acerca a su Ser. 

Reflexión 4: apego-rechazo, me gusta-no me gusta, me apetece-no me apetece es el low cost del desarrollo personal.

Y es que solemos reconocernos por etiquetas. Por experiencia sé que bastan unas 20 y por psicología social se demuestra tal. Con 20 palabras, en el 98% de ocasiones uno tiene bastante conceptualizada a la persona. Tanto, que su conducta es bastante predecible. Identificarse con una o 20 etiquetas es irrelevante. Ganarse la vida o no con algunas de ellas es poco importante. Etiquetas son, y por tanto, el centro permanece esquivo si uno vive la vida a través de ellas.


En Ciencia de la Sabiduría dedicamos semanas enteras a este trabajo. Des-apegarse de las etiquetas, incluidas las que a otros les puedas parecer, y encontrar lo que importa: eso que es estable, brillante, profundo y gozoso. Porque pobre quien se crea, viva, o se defina a través de las etiquetas. Ya puede meditar, estirar y relajarse que la claridad estará lejana.
Ojalá quien me llamó aquel día habitara ese espacio. Su siguiente llamada sería sin duda de agradecimiento.

Si se da el casocomo buen taoísta, sonreiré a su evolución.

Abrazos,
Dr. Jose Sánchez

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