Hace unos días dialogaba con una persona sincera. Sincera consigo mismo y por tanto con los demás, ¡cuánto valor!

El aparente problema era la insatisfacción vital.¿Te suena?

Le sucede a tod@s los mortales. Van pasando los años y no se cumplen los sueños de juventud. Si acaso logramos parte de nuestros propósitos vemos que una vez cumplidos, hay algo que no para, que no se colma, que no sabemos que es y que sentimos que hay algo que falta, que no es suficiente… y como San Jorge con el dragón, peleamos una batalla muy extraña, esquiva y sin reglas conocidas.

¿Qué solemos hacer?

A.Acelerarse con tareas, deberes, proyectos y futuros. De esta manera uno anda tan ocupado en lograr y conseguir, que puede posponer, como la zanahoria al burro, el darse cuenta del nudo. Sucede a personas que van dos futuros por delante. Uno se da cuenta fácilmente que no están aquí. La atención fue secuestrada por los planes. Salvo enfermedad, dolor o muerte, la insatisfacción vital no se vive, más bien se pospone agónicamente.

B. Disimular. Quizá lo más habitual. Sorprendentemente más abundante en los defensores de lo positivo y también en muchísimos círculos de «espiritualidad». Uno cree que tiene que haber llegado a un lugar especial, y en vez de reconocer que no se parece en nada al que se encuentra, lo disimula. Ponemos cara de Buda, de reguladores emocionales y la ataraxia soñada está aún lejos. La mezcla de video de youtube con libro de desarrollo personal + recuerdos de un curso + interpretaciones personales libres jamás compartidas + autodidáctica es habitual. Es un sincretismo low cost. La insatisfacción está, pero a diferencia de la persona comentada arriba, ser sincero sería tan doloroso, que nos damos a Freud y sus mecanismos de defensa: negación, represión, sublimación.

C. Monetizarla. Como la insatisfacción es incómoda, la reconvertirmos en económica, en un producto. La persona transfiere el poder personal al económico o narcisista. Si no eres «influencer» no podrías estar satisfecho. ¡Cómo vas a estar bien si no tienes audiencia! El individuo C piensa de esta manera. Así que confunde desarrollo personal con éxito económico y social. Vive en una meritocracia extraña: «si yo he triunfado debe ser por mis méritos. Si tú no has triunfado debe ser porque no has hecho bien las cosas». La insatisfacción vital es eso: triunfar.

A, B y C se mezclan una y otra vez. Si llego a C, me meto en A porque me siento tan vacío, que debo llenarme de futuros y más audiencias. Si estoy en B, como duele, me justifico y paso a A. Si A me angustia me digo a mí mismo que «no, si yo medito» y santas pascuas.

Pero resulta que la insatisfacción vital no es un síntoma de algo extraño… sino un puente, una oportunidad gigantesca de transformación. No es algo que hay que curar sino entender. Tampoco es algo en lo que haya que quedarse pues la tristeza es ensimismante en sí misma y no saldríamos de ahí.

A través de ella uno puede por fin avanzar en el sentido. No hay que evitarla sino vivirla para que nos proporcione las pistas adecuadas. La sinceridad 100% te enraiza como ninguna audiencia, plan de futuro o disimule puede hacerlo.

A partir de ahí te haces las preguntas correctas.

  • No es meditar para el stress, sino desde dónde.
  • No es buscar una técnica que aprender, sino una vía en la que comprometerse.
  • No es buscar en Oriente lo que hemos olvidado de Occidente.
  • No es volverse cientifista, sino aprovechar la ciencia para entender mejor lo que hacemos.
  • No es buscar soluciones a todos, sino saber qué tiene solución y que no lo tendrá nunca.
  • No es cambiar de casa, pareja, trabajo o país, es encontrar la casa como estado de conciencia.
  • No es buscar el placer esta tarde, y mañana por la mañana, y luego a la tarde noche y luego otro y otro y otro. No, no, no va de entretenimientos.

La insatisfacción vital, compartida y experimentada es el motor de la sabiduría.

Mientras está, todo eso en lo que confías no es que no de resultados o que sea erróneo, es que no sirve para ese cometido.

Sin sabiduría, podrás alcanzar de todo…, menos felicidad.


Hay reinos que no están abiertos si somos necios.


Reinos en los que la puerta se abre con sinceridad y exposición.

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